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DESPOJOS                                                                                                             Exposición individual de fermín Ceballos

10 de Mayo 2018

Fermín Ceballos y sus naturalezas muertas

Por una extraña coincidencia, estábamos terminando de leer una novela fundamentada en hechos reales, acerca de Josef Mengele, criminal de guerra nazi y médico sádico cuyos restos dispersos quedaron sin sepultura: el tiempo  y el abandono habían vengado a sus incontables víctimas, torturadas, asesinadas y descuartizadas. Fue, cuando en la pantalla, descubrimos a los desmembrados maniquíes de Fermín Ceballos, a esos fragmentos de cuerpo que la habilidad pictórica había plasmado yaciendo sobre un fondo negro, como si los hubieran desenterrado o jamás enterrado. Nuestro desconcierto y asombro duró apenas segundos, durante los cuales dos ficciones se habían superpuesto en una visión, también ilusoria, de sufrimiento y muerte…

Refiriéndose a las obras de Fermín Ceballos, ya en el 2014 Stephen Kaplan no solo expresaba que “sus pinturas son obsesivas y profundamente personales” sino que simbolizaban auto-exorcismo y auto-castigo. Por cierto, nadie puede olvidar a aquellos autorretratos de los “Sueños persistentes”, que sin embargo no llegan a ser pesadillas… Ahora bien, quien acaba de conocer al artista, simpático, risueño y espontáneo, se sorprenderá, pero los que han seguido su itinerario durante años, desde las abstracciones contundentes de la juventud, saben que él es un creador especial, polifacético, reflexivo e introspectivo.

La exposición que Fermín Ceballos presenta en el Museo Fernando Peña Defilló, demuestra la complejidad, la madurez, el permanente cuestionamiento del artista: el título, “Despojos”, es ya invitación a pensar, más allá de la simple contemplación, más allá del aprecio de una excelente factura. Aunque su “neo-clasicismo” plástico rivaliza con la iconografía de las  antiguas ”vanidades”, ahí se detiene la comparación: él no plasma el cráneo en su totalidad como las imágenes seculares,  sino que fragmenta pictóricamente la caja ósea según las partes que la componen. Ahora bien, si recordamos el mensaje bíblico de presunción hueca y fragilidad, transmitido por la “vanitas” de los pintores clásicos, tampoco Fermín se aleja mucho de esta propuesta, cuando él expresa: “esta serie de obras es ante todo una reflexión meditativa, fugacidad y significado único de la vida”.

Fermín Ceballos, más que un tributo a la memoria de su padre, nos refiere a la naturaleza humana y, a su manera, desafía la muerte sin que su pintura sea una especie de danza macabra. El esqueleto adulto comprende 206 huesos, que el artista pintará integralmente: con los 160 que ahora expone, tenemos una muestra más que suficiente y representativa. Son naturalezas muertas en sentido propio y figurado, signos y símbolos de esta categoría estética, vecina del bodegón, pero más conceptuosa. En el mundo pictórico de la naturaleza muerta  no figura el hombre ni la criatura viva… Así sucede aquí: son cuadros que encarnan la ausencia de lo vivo, huesos en su tamaño natural, -por tanto miniaturas a menudo-, pintados esmeradamente, incluyendo la sombra… Son verdaderos estudios, que podrían ilustrar una lección de anatomía. El fondo gris oscuro jamás distrae la atención.

Sin embargo, obviando la asociación con la vida desaparecida, estos objetos huesudos, cada uno elemento único, independientemente de su forma y formato, a menudo poseen humor, fantasía, vitalidad aun, hasta transmiten energía, ¿será la energía del recuerdo? En fin, podría aparentar una contradicción. Es que la pintura de Fermín ofrece una lectura abierta. Sucede igualmente un cuestionamiento en los cuadros de maniquíes yacentes en piezas, ¿serán restos de una exhibición de moda desvestida, un juego de materia plástica, o - lo creemos - una representación más dramática… a  la que interpretan como obra “catártica” (Stephen Kaplan)? Siempre están pintados impecablemente y con un dibujo incuestionable… ¡Fermín Ceballos es un realista extremo y contemporáneo!

Podemos ver su última performance, no solo impresionante y perturbadora. Lanza al aire paletadas de tierra, cava obviamente una fosa, cada vez más profunda hasta que él desaparezca… Felizmente en vez de un enterramiento real y ritual, se nos devuelve a Fermín: el artista, bien vivo, nos regresará, dispuesto a otras performances, a otras instalaciones y pinturas, desconcertantes casi siempre. Con Fermín Ceballos, sucede un fenómeno sicológico y emocional: el goce de su obra se vuelve casi un masoquismo espiritual.

Marianne de Tolentino                                                                                                                                                                         ADCA /AICA


Durante mi residencia artística de Davidoff Art en Künstlerhaus Bethanien en Berlín (abril - junio de 2016), completé una serie de pinturas tituladas "Despojos" que representan partes aleatorias de un maniquí tiradas en el suelo. Se mostraron por primera vez en mi estudio abierto en Berlín y ahora se exhiben en esta exposición por primera vez en Santo Domingo.

Esta serie evolucionó en un proyecto que consiste en pintar del natural, a tamaño real y en pinturas individuales, cada uno de los 206 huesos que constituyen el esqueleto humano. Este proyecto se exhibe en esta exposición como obra en proceso con unas 170 de las 206 piezas que comprenderá una vez completado.

Esta obra surge de preguntas personales planteadas a partir de la muerte de mi padre. Al considerar hacer su retrato varios años después de su muerte, imaginé una representación de sus huesos, ya que eso es todo lo que queda de él ahora. Exhumar sus huesos y pintar ese “retrato” obviamente no fue posible por razones éticas y prácticas, pero la idea me llevó a explorar cuestiones que van más allá del retrato de mi padre y su muerte individual. Se convirtieron en preguntas más universales sobre el significado de la vida, la muerte, la mortalidad y la identidad.

El cristianismo, y el pensamiento occidental en general, han elevado tradicionalmente la mente al cuerpo. El alma de una persona y su identidad están claramente disociadas del cuerpo que muere y perece. A pesar de esto, los huesos de un ser humano nunca son tratados simplemente como artefactos comunes. Creemos firmemente que los muertos pueden ser deshonrados por la manera en que se tratan sus restos. Es por eso que no los enterramos solo por razones prácticas, también nos involucramos en rituales de luto; visitamos sus tumbas y las cuidamos. Honramos a los muertos al presentar nuestros respetos a sus restos materiales. A veces parece que somos más respetuosos con los restos de personas muertas que con los vivos. Por lo tanto ¿no tenemos algún tipo de creencia no reconocida de que algo de la persona permanece en sus huesos? ¿No creemos que los huesos tienen la identidad del cautivo muerto en ellos? ¿Pueden los huesos de un hombre constituir su retrato?

A parte de tales cuestiones filosóficas, también encuentro que los huesos son estéticamente fascinantes. Inicialmente, utilicé un esqueleto anatómico de plástico como modelo, pero la necesidad del contacto con lo real se imponía, aunque estaba profundamente preocupado por las cuestiones éticas que esto plantearía, precisamente el tipo de preguntas que quería plantear con esta pieza. Al final, la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) amablemente me permitió el acceso a los huesos humanos que son utilizados para los ejercicios académicos. Ser capaz de observar huesos reales de cerca resultó ser importante para mi intento de capturar su esencia y belleza únicas.

Pintar cada hueso del esqueleto individualmente también fue crucial para mi interés en la relación entre las partes singulares y el todo: como cada parte individual de un todo mayor es al mismo tiempo una totalidad en sí misma y ésta a su vez, puede ser subdividida en partes. ¿Qué parte juegan los objetos singulares en las totalidades visibles e invisibles que forman entre sí? ¿Podría el reconocimiento de la importancia única de cada objeto material ayudarnos a formar una relación diferente y más útil con nuestro entorno concreto y entre nosotros mismos?

Para mí, esta serie de obras de arte es ante todo una reflexión meditativa sobre la fragilidad, fugacidad y significado único de la vida, pero también evoca asociaciones más oscuras. Los huesos humanos diseminados que se dejan a los elementos, evocan historias de violencias reprimidas y olvidadas. Son los marcadores de campos de asesinatos, evidencias de genocidio y de cuerpos desechados, los inquietantes recordatorios de muertos que le negaron un entierro adecuado.

-Fermín Ceballos, 2018


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